domingo, octubre 02, 2005

Pretendo no leer y no reflejarme en tus escritos, eso me costaría uno que otro sentimiento deseoso por ser explotado, por ser descrito, por ser minuciosamente analizado hasta odiarse a sí mismo. Procuraría escucharte, si de lo que hablases fuera sonido muerto, que pronunciases palabras huecas, que su resonancia aprehendiera la coherencia de un texto perdido en la biblioteca total, aquella en la que existo en comodidad. Intento percibirte, cuando un rio de caras sin ojos, oídos y sí mil bocas te sumergen a un sinfín de metros bajo al alcance de mi corto brazo que sostiene la misma pluma de hace tres años. No voy a hablarte, no pronunciaré palabra de lo que mi lectura no captura, de los muertos que mis oídos dan asilo, ni mucho menos hablaré cuando te ahogas en ese mar de cuerpos sin caras, de caras sin sentidos.

Existo así, cuando son tus textos los que me remiten al ser el que hace ya tiempo deje de habitar, aquellos sentimientos que comenzaban a alimentarse de las ilusiones, ideales, y personas a las que ahora el tiempo les ha cortado su cabeza con las manecillas del reloj. Existo así, cuando todo lo que escucho son aquellas palabras vivas que se originan en tí, pero crecen, juegan, crean y destrozan lo que hay aquí adentro; pedazos de papel, letras del abecedario sin ninguna sintaxis, sin algún significado, sin alguna interpretación.
Existo así, cuando es tu cuerpo fácil de encontrar no sólo en un rio, sino en un océano donde los cuerpos de hombres y mujeres sin cara fluyen como escondite a ti, pero siempre eres tú el que mi pluma alcanza por apuntar y escribir para gritar y llamarte.